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25 de ago. de 2008

Em DVD: "APENAS UMA VEZ"

Apenas uma Vez é um filme indie. Um musical sem toda aquela pompa dos musicais que, por muitas vezes, afastam certo tipo de cinéfilo. As músicas estão inseridas ali de uma forma tão natural e despretenciosa, que nem mesmo dá pra dizer que é um musical.

E o filme se torna interessante por causa das músicas. Também pelo roteiro, muito simples. É quando dois dramas amorosos e pessoais se mesclam e tornam-se uma única história que, neste caso, é permeado de uma musicalidade indie/pop muito interessante.

O cenário é Dublin. Ele é artista de rua, busca ganhar uns trocados com seu violão e sua voz, além de ajudar o pai na loja de conserto de aspiradores de pó. Ela, imigrante da República Tcheca, também está nas ruas, vendendo flores pra sustentar mãe e filha. O marido está no pequeno país do leste europeu - uma relação mal-resolvida. Seus nomes nunca são revelados, mas, no decorrer do filme, se desenvolve uma história de afinidades e é sugerida uma atração.

O interesse pela música e de um pelo outro os leva a se juntarem num processo artístico fundamental para ambos. Ela já conhece as músicas dele de antemão, de ouvir pelas ruas. Cada canção carrega em seu cerne a frustração de uma relação terminada. Ela se encanta. Eles conversam. Ela revela que é pianista e que costuma exercitar-se, de favor, numa loja de instrumentos musicais. Ela o leva até a tal loja e mostra seus talentos. Assim tem início a parceria.

E tem início também uma relação de amor sublimado por meio da música. Em certo ponto, ele compra um piano para ela. Mas não é uma relação doentia, de sofrimento extremo. Tudo isso os faz crescer, assim como o projeto também se desenvolve. Noutro ponto, eles já têm uma banda e estão num estúdio, com um produtor que, a princípio, duvida, mas que depois se torna entusiasta.

Lógico, muitos torcem para que surja aí um casal. Mas não é este o ponto crucial da história. O que importa ali é como eles resolvem suas questões e, isso, de certa forma, acontece.

O maior mérito de John Carney, o diretor, é criar um filme consistente, que não cai num sentimentalismo piegas, e bastante simples. Talvez tão simples que o filme passou quase batido pelas salas de cinema aqui em São Paulo. Deve ganhar mais atenção com o "boca a boca" e as locações em DVD.

A dupla de atores não faz feio. Glen Hansard é vocalista/guitarrista da banda irlandesa The Frames - que teve John Carney como baixista, por uns tempos - e suas composições encaixam-se bem no filme, todo o tempo. Markéta Iglová está presente com sutileza e força, ainda que jamais tenha atuado antes. A canção Falling Slowly ganhou o Oscar merecidamente, embora minha preferida seja outra: When Your Mind's Made Up.

Enfim, um bom filme, dos melhores para se ver dentro de um filão de comédias românticas ou de musicais.

Ah, sim... momento-mexerico pra fechar o post: Glen e Markéta começaram a namorar durante as filmagens. Abaixo, vai o trailer:

Apenas uma Vez - John Carney - Irlanda - 2007

25 de jul. de 2008

En DVD: "PROMESAS DEL ESTE"

Anna (Naomi Watts) es una partera del hospital Trafalgar, que sufre el perder a una jovencísima prostituta, al dar ésta luz a una niña. Entre las pertenencias de la joven, Anna encuentra un diario, que la llevará hasta el restaurante de Semyon (Armin Mueller-Stahl; que ofrece una lección interpretativa), un hombre que, bajo su afabilidad, esconde actividades relacionadas con la mafia rusa en Londres. También su inestable hijo Kirill (Vincent Cassel) lleva a cabo todo tipo de tropelías, siendo observado por Nikolai (Viggo Mortensen), el chófer de la familia, y la única persona que escucha desinteresadamente a Anna.

A partir de aquí, el canadiense David Cronenberg retrata, con un ritmo de verdadero maestro del cine, un universo amoral, en que esperanzas y promesas se trastocan en la gran urbe, llena de prostitutas y borrachos (y maricas, añadiría Semyon), de viviendas antiguas con empedrados húmedos por la persistente lluvia de Londres. Encontrar otro ser rasgado es el único modo de reaccionar ante tal apnea existencial, y Anna lo halla en las páginas del diario de la prostituta, cuyas desgarradoras palabras flotan en off sobre determinadas escenas (detalle muy dostoievskiano, por cierto). Además, Anna tuvo un aborto, y todavía no puede suturar esa herida, ese vacío que intenta llenar volviendo a vivir con sus padres. No está de más resaltar el detalle de que viaja a todos lados con una moto que, según ella, tiene valor sentimental, a lo que Nikolai, muy significativamente, contesta: “Valor sentimental... he oído hablar de eso”.

Parece que David Cronenberg, el cineasta materialista por excelencia (al fin y al cabo, su formación es científica), ha entrado en una etapa de búsqueda de "otro" lenguaje, más clásico, pero también más personal, hablando de las cosas que le están interesando ahora mismo. Entre ellas, sobresalen la corrupción moral, y su primera fuente: la institución familiar. Desde la xenofobia del padre de Anna (contradecida después por lo que comenta al respecto de la prostituta: “ella era gente común”), hasta la declaración de Nikolai justo antes de que le tatúen las estrellas: “No tengo madre ni padre”. De ahí, que recomiende a Anna que se quede con su familia, porque “sois buena gente. Aléjate de los que son como yo”.

Esta nueva etapa ha decepcionado a los que preferían al “viejo Cronenberg”. Estos comentaristas, que más parecen groupies con las bragas en la mano, no ven al antiguo Cronenberg en el sobrecogedor asesinato con que se abre esta película; ni en el primer plano del bebé recién nacido, en que se ve cómo le atan el cordón umbilical, enfocado de una manera casi hiperrealista; ni en la, desde ya antológica, escena de la pelea en la sauna; ni tampoco en los planos finales, supuestamente felices, de sus últimas cintas (el de ésta, en concreto, es terrible, y de una sobriedad que congela tanto el corazón que recuerda los principios de Kaurismäki).

Y es que el maestro no ha perdido fuelle. En absoluto. En una rueda de prensa, decía Cronenberg: “Quiero que el público vea la violencia de manera real, tal cual es. No es una postura estética, ni estadística. (...) La violencia es la destrucción de un cuerpo”. Pues bien, su pericia a la hora de manejar este material violento (no exento de fría belleza visual) consigue invertir los presupuestos melodramáticos, alargando lo indeseable y acortando, con tijera de podar, los momentos de mayor cercanía para el espectador (es de reconocer el velado homenaje hacia el cine y las series de mafias, máxime en los tópicos de indumentaria, lugares de asesinato, sangre fría y morbo inexistente en los ejecutores, etc.). Su habilidad es tal, que no acabo de entender las risas de varios espectadores durante los degollamientos y acuchillamientos varios. ¿Risas nerviosas? Seguramente. Estamos demasiado acostumbrados a ver la violencia sin que nos resulte contundente; sólo de forma estúpida y ridícula, con Tarantino y sus infinitos imitadores repartiendo lecciones gratuitas de gore por todo el mundo.


Si Una historia de violencia insinuaba que nuestra cotidianeidad se fundamenta sobre instintos irreprimibles, en Promesas del Este el director continúa poniéndonos las cosas difíciles. Llenando a sus personajes de contradicciones que deja en nuestras manos, pues el bien y el mal, el nativo y el extranjero, tienen rasgos muy parecidos y no podría asegurarse quién come de un lado o del otro, quién con sus familiares en una inocente hamburguesería y quién con la "familia" en un reservado de lujo. Quién salva a una chica del burdel, tras follarla casi a la fuerza para demostrar su “hombría”, y quién está “o con él, o conmigo”, porque “¿cómo puedo ser rey, si el rey sigue en su sitio?”.
 
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